domingo, 20 de noviembre de 2022

34. Sueño dentro de otro sueño.

 




Yo te he escrito esto escuchando este disco.

Imagino que las series o películas que vemos afectan en nuestros sueños. Esta semana estaba pachucha, así que me comí 1899. Esta mañana, al despertar, me sentí frustrada. Cuando te despiertas de un sueño en el que tratas de contarle algo a los que están en tu realidad y te despiertas es como si te tirasen a peso de plomo sobre la cama. 


Mierda, ya no puedes decírselo. 


De pequeña una vez soñé que mi prima y yo estábamos construyendo pirámides, y ella mandó construir una sobre el pico, con la base por arriba. Antes de que pudiera decirle que estaba mal, que eran al revés, me desperté. Nunca olvidé ese sueño porque me fastidió no poder decirle eso en el sueño, y eso que era una niña.


He ido al baño, he pensado en ponerme la misma ropa para pintar de los domingos, a ver si este es el de verdad y arreglo un par de cuadros. Pero me he mirado los pies al salir del baño: el pijama amarillo y las primeras zapatillas que he pillado para atravesar la casa a 14 grados para ir al baño. 


Y me ha terminado de venir el flash del sueño tan raro que he tenido, en el que había un sueño dentro de otro.


Primero estaba con una amiga, en distintos lugares se iba repitiendo ese sueño raro. Primero era un lugar lúgubre, luego un museo, luego una calle llena de charcos enormes... Siempre íbamos una amiga mía y yo, y nos encontrábamos con otra. Esa otra, de algún modo se sentía atrapada en un lugar donde no quería estar.


domingo, 13 de noviembre de 2022

33. Os odio a todos.


Domingo de despertarte a las 7:30. 


De que aún sea de noche, porque para el resto de la península son las 6:30.


Ayer me dije que no, que no quería otra lata.


Hoy tengo la cabeza como una pelota de gas butano.


A punto de estallar, claro.


Te levantas a beber agua y dices: es domingo, me quiero ir a dormir otro rato.


Das vueltas, pides a un dios en el que no crees que llegue el mediodía para comerte tu plato de pasta de los domingos.


Vas al baño, te meas como un niño pequeño que nada más salir de viaje pregunta que cuando llegamos a la playa. En mi caso eres tú, pero ni tú lo sabes, ni yo tampoco.


Vuelvo a beber agua y abro la nevera.


No sé por qué no compro nunca algún precocinado, soy esa clase de persona que desayuna salado sin ningún tipo de culpa.


Me echo un rato más.


Son las 8. Escribo en whatsapp “resacón padre”. Pero es mentira, no es de las peores. Sobrevivo.


Me he tomado un café y estoy escribiendo con el ordenador en la cama.


Me duele el meñique, miro, otra maldita ampolla. No sé qué le pasa a este dedo, va a su bola como si fuera un novato por la vida en general. Ni con toda su experiencia en instrumentos de cuerda quiere ser un tipo normal. Tiene que ir dando el cante, que parezca que nunca ha pisado a nadie, el metal frío le abre en dos y dice que no podrá sobrevivir sin quemarse.


Tengo ganas de levantarme a por mi segundo café. He abierto las ventanas de noche y hace ya un rato que ha amanecido, como cada ritual diario. Me parece un regalo poder ver amanecer, me gustaba cuando iba al instituto y era aún de noche. Bueno, al instituto no me gustaba ir. Siempre me pareció un lugar lleno de mamones y pelotas sin mayor aptitud que la buena memoria.


Yo nunca tuve buena memoria. Por eso los odiaba a todos. 


Siempre, desde niña, me sentía como una extraterrestre.


Nunca sentía que fuera una más de la especie, ¿quiénes son esas personas de mi edad? Hablan raro, y le dan demasiada importancia a que los pantalones me queden cortos. 


Pero no se me olvida que nunca puedes encajar en un sitio al que nunca has sentido que pertenecieras. Eso implica cambiarte, y pertenecer a esa especie poco común de seres extraños es todo un privilegio.


Y ahora me voy a dormir un rato.


El día soleado, me despido de Lorenzo y le digo que voy a echarle mucho de menos esta semana con demasiados días grises y lluvia continua. 


Preparo montones de leña. Me abrigo, aunque esté sudando, para no quedarme fría.


Miro al sol y calculo lo que queda para que caiga, ya llevo varios días pendiente de su caída. Observo su belleza naranja.


Intento grabar una cosa


Creo que todo últimamente lo hago a medias, medio bien, medio mal. 


Me ponen nerviosa los “ahora o nunca”.


Esto me hace pensar en la avispa de ayer. Estaba posada en el cristal, sin atisbo de movimiento, más allá de observar sus dientes. Me miraba mientras le hacía una foto, yo salí y entré sin miedo, bastante tranquila.


  • Sí, es una avispa, pero la verdad es que está tan tranquila que parece cualquier otro ser vivo que no me dé miedo. Ya he visto una que entra en casa por la noche y por la mañana, al levantar persianas, la pierdo de vista sin enterarme de por dónde entra y por dónde sale.


Con las avispas todo es un "ahora o nunca" constante. Si paso cerca igual me pica, mejor espero a ver si se va, no, pero no tengo tiempo, el sol no espera por mí. Mira, no creo que me pique, voy a salir, me la juego. No pasa nada. Sigue ahí, se mueve poco, me mira, pero no hace nada.


Yo creo que se va a morir. Hasta me dan ganas de acariciarla la cabecita, por primera vez una avispa me parece adorable. No me da miedo estar cerca de ella, miro sus colores y no me ponen en alerta, podría ser azul nácar. 


domingo, 6 de noviembre de 2022

32. Mi trompeta es plateada.

 


Escucha esto en bucle jiji

Llevo 3 clases de trompeta.


Cuando salí de la última clase a veces me salía el Do agudo y a veces no.

Salí de clase con la lección 3 medio tocada, sin saber del todo por dónde me iba el dominio de tocar notas a conciencia. 


  • Voy a por el Sol, que voy, eh. El Do grave también me gusta mucho, pero ay, cuando te sale el Sol. ¡Te sale el Sol!



Hago un poco cosas raras con los labios, los relajo, los pongo de una forma que no soy capaz de visualizar, pero lo siento en los labios, reconozco la vibración y los relajo dejando que parezcan un papelico vibrando. El trabajo del diafragma ya es otra movida, no me responsabilizo de si suena muy fuerte.


Esta semana he agarrado la trompeta con más ganas. Tanto, que he comido el ir leyendo desde la lección 3 hasta la 8 por mi cuenta y riesgo. Lo más guay no es que voy descubriendo notas nuevas, no. Es que descubrí el “Si b” por accidente y probando a soplar de oído “Byebye, Billy” de Iseo. 


Paparapapa paraparapapaaaaaaaa


Paparapapa paraparapapaaaaaaaa


Paparapapa paraparapapaaaaaaaa


Venga, va, ¿a tempo?



Yaaaassssssssssssssssssss.


¿Y yo por qué no he empezado a ir a clase de trompeta antes?



Qué ganas de ir encontrando un sonido bonito, caray. Pero sin duda hoy, domingo, que el cielo está despejado, brilla el sol, hace frío y quiero salir a correr, tengo alegría. Alegría porque estoy consiguiendo tocar más de 8 notas en la trompeta, después de salir de la tercera clase. Que algunas suenen aún a elefante no es mi responsabilidad. Jsjsjsjsjs. Alguna vez me pasa con el Do agudo.



Da igual la edad que tengas, no dejes nunca de intentar aprender cosas nuevas, o bien en formación, o como persona, o como lo que quieras. Nadie es lo suficientemente viejo para ser un sabio ni lo suficientemente joven como para ser un necio. No importa si somos rápidos o somos lentos aprendiendo nuevas cosas, la estimulación de aprender algo diferente para mí no tiene palabras. Trompeta, gracias por sacarme de una apatía como un pantano de grande.


PD: Ve al cine a ver “Los renglones torcidos de Dios”. No digas que no te avisé.

lunes, 31 de octubre de 2022

31. Una hora de limbo para mí.







 Llevo demasiado tiempo ausente de este lugar.


Tampoco me he sentido mal por ello, a veces rumiamos muchas cosas sin la necesidad de verbalizarlo externamente. También considero que la vida a veces trata de seguir caminando, aunque te des cuenta de que lo estás haciendo sobre una cuerda y sepas que estás teniendo pasos firmes, pero tienes un trago en la garganta que te dice todo el rato que si pisas en falso vas a caer en picado. 


Supongo que eso me pasa todos los otoños, me agobio con todas las cosas que tengo que ir haciendo, aunque intento disfrutar de todo por separado, pero las horas vuelan. Los colores del otoño me siguen pareciendo un lamento y una risa de la naturaleza que nos llena el corazón. Los naranjas y mostazas nos dan cierta nostalgia, el frescor de las mañanas y el verde que comienza a verse por el suelo nos dan la esperanza de que lo que se nos cae podemos recogerlo.


Hace meses que decidí salir del 2022, aunque fuera de una forma grotesca y sin sentido. Le puse a mi móvil otra configuración de fechas y ahora vivo en el 2565 BE.

Cuando hablo con el resto de humanos me adapto a sus tiempos, pero yo vivo en los míos. Estos días pensaba en lo mucho que odio cada año el horario de invierno: que sea de noche a las seis de la tarde, que no me importa levantarme de noche si por la tarde tengo mi dosis de sol. Siempre tenía la sensación de que a las seis de la tarde ya acababa el día y no es así, aún falta mucho día.


Así que en un alarde de inconsciencia pensé: 


– Pues oye, si vivo en el 2565 BE, ¿por qué no voy a seguir con la hora de verano? No voy a cambiar mi reloj de la muñeca. Lo único que tengo que hacer es traducirla para el resto de los humanos, pero para mí ahora mismo siguen siendo las doce de la noche, no las once. Técnicamente he dejado este capítulo para el último momento del domingo.


Esta tarde miré mi muñeca:


  • Son las seis, falta una hora y pico de sol, está precioso. Voy a coger el hacha y preparar algo de leña. Para la gente ahora son las cinco de la tarde. Para mí siguen siendo las seis.


Lo único que debo hacer es ser consciente cuando tenga que ver a otras personas, y lo máximo que puede pasarme es que me equivoque y llegue una hora antes de lo estimado. Soy consciente de que mi ejercicio no lo puede practicar todo el mundo, porque dependen de horarios cerrados de un entorno laboral. Pero la vida en el campo es otra, ahí puedes ponerte la hora que quieras. En realidad, es tan fácil alejarse de las normas humanas y plantearte tus propios esquemas...


Mi portátil dice que son las 23:19, pero para mí son las 00:19. Así que me voy a ir a dormir. Técnicamente he escrito esto en domingo. En la práctica es genial pensar que tienes una hora de limbo para ti.

domingo, 24 de julio de 2022

30. Adolescente y adulta.

 


La rara,

la que se margina sola,

la antagonista de las popus de la clase,

la que va sin sujetador ni se pone pendientes,

la adolescente que se hace preguntas demasiado existenciales para su edad,

la borde de clase,

la que dicen que es tipa dura y es más frágil que una panda de heavies.

La que pasa por clase a saludar porque se aburre,

la que se exaspera por el ritmo tan lento de las clases y hace los deberes en clase o ni los hace,

la que suspende porque no va a clase pero en selectividad saca un notable,

la que se ahoga en la tristeza de no saber lo que quiere mientras los demás eligen carreras universitarias a suertes, 

la que termina de estudiar tras tres cambios de rumbo y se pone a servir copas porque sigue sin saber lo que quiere.

La que no deja de escribir desde que era pequeña y leyó a Bécquer.

La que aprendió sola a tocar la guitarra a los 14,

la que empezó a aporrear la batería a los 17,

la que odiaba el piano complementario obligatorio,

la que se juntaba con gente de dudosa reputación.

La que se aburría en cualquier clase y escribía canciones.


La adolescente que dice que no se pondrá jamás un piercing ni se hará un tatuaje,

la adulta que tiene 7 de cada.


La adolescente que juzga, sentencia y se ahoga en la tristeza,

la mayor que escucha, agacha la cabeza y se siente culpable cuando tiene que marcar límites o expresar su descontento.


La fuerte que adora la soledad y la frágil cuando se siente sola,

la que mira por la ventana mientras siente el ritmo de la vida de los pájaros y gatos.

La que escribe a máquina para concentrarse y a ordenador para corregir.


La que es ahogada por la ansiedad cuando levanta la mano y dice hasta aquí porque siempre, siempre, siempre, siempre, se siente invalidada. Siempre hay un pero, siempre un no, tú no tienes derecho a quejarte de nada, esclava.


La que escucha “yo me lo hubiera tragado sola” sin saber qué se siente.


La que grita dentro del agua, porque fuera molesta una palabra: no.

La que ha aprendido con ayuda, que no puede expresar emociones negativas con palabras y tonos dóciles, o lo que es peor: con silencio. 


La que odia la prepotencia desde mucho antes de conocer su definición.


La que pasa de ducharse durante más días de los deseados si hace frío y no va a ver a ninguna persona. – hay que leer Niadela para entender esto último.


La que observa cómo el tiempo devuelve la pelota a quienes la lanzaron.


La que sabe que Ángel Martín tenía razón, válido es para distintos ámbitos que cuando eres la víctima o el enfermo de algo tiendes a sentirte muy solo, porque te dejan solo.


La que entiende que la gente cada vez va más deprisa y sólo te quiere para tomar cerveza que tú ya ni hueles y te asquea.


La que echa de menos a esas personas mal llamadas naif, que disfrutan de la vida al ritmo lento que lleva la propia naturaleza, oh, sorpresa.


La que no echa de menos la ciudad, la que no echa de menos la adolescente triste porque suficiente con la tristeza adulta.


La que tenía miedo a las arañas y la que ahora convive con ellas.


La que siente muertas sus neuronas con el calor y con el frío – de vivir en casa con abrigo – lentas pero precisas.


La que nunca sabe lo que quiere pero sí lo que no quiere, la que odia que le toquen, 

la que recuerda quién estuvo ahí aunque ya no esté.


La que recuerda quién tiró una cuerda y quién se la quitó.


La del “¿por qué me empujas hacia el pozo si acababa de salir?”


La que sigue sin encajar y lo manda todo a la mierda porque aprendió que guardarla no sirve para nada.


La que odia cuando llega el momento fregadero, 

a la que gusta de comer en el mismo plato.


La que sólo se cepilla el pelo antes de la ducha 

y el resto de los días va despeinada.


La que va con la cara lavada y el maquillaje para cuando de verdad le apetece, 

que la palabra “arreglarse” ya está caducada.


La que odia las mentiras y la manipulación. 


La que ha pasado tantas veces por una luz de gas que ahora huele el gas al instante.


La que ya no siente lo mismo cuando canta porque el estómago se ha ido a las manos.


La que duerme demasiado, demasiado poco.


La que siente mucho y lidia con la pragmática vida de los demás.


La que ha entendido que los contextos son los entornos de los demás, que tu vara de medir no es la suya, que tus privilegios no son los suyos.


La que sufre cuando traga porque es exagerado para los demás que una sienta tanta emoción junta en el estómago, porque lo que duele, duele más en silencio.


La que se hunde en el barro, se pone perdida como un cerdo en una piara y vuelve a levantarse, sonriendo, llena de mierda. Porque lo que importa a veces no es lo que no puedes controlar que te pase, sino qué haces con ello.


La que es feliz con ropa heredada de sus amigas y de segunda mano.


La que tiene demasiado calzado.


La que se enreda en sus propias trizas.



lunes, 4 de julio de 2022

29. Spoiler.





Primero ponte esta canción.


Me he despertado a las 7 este domingo, normalmente abro los ojos a las 6 de la mañana y cierro los ojos otro ratito más. Finalmente he hecho un poco el vago y he mirado el móvil, así que he decidido saltar de la cama antes de las 8. A las 9, ya desayunada, me dispongo a dar mi paseo matutino, fresco, con luz tenue y el cantar de los pájaros.


Estos meses han sido raros pero necesarios, necesitaba mimarme y estar conmigo, por eso desaparecí de las redes sociales en general durante un tiempo. No he dejado nunca de escribir, eso es como un ancla que me mantiene unida a la realidad que soporta un papel en blanco y el trazado de una pluma. Le decía a una amiga mía que hacía tiempo que sentía mi voz apagada, como si en un determinado momento, sin recordar exactamente cuándo, tenían como propósito apagarme y lo consiguieron.


Esta mañana, mientras hacía “scroll” en la pantalla de Instagram, di con una publicación sobre la agorafobia. ¡Ay, agorafobia...! Hace cuánto tiempo nos conocimos y qué rápido olvida una el esfuerzo y el trabajo que supuso acabar con ella... No recuerdo si ya había hablado de ello o no en alguna publicación anterior, haré un breve inciso.


Cuando vivía en Madrid, creo que prácticamente desde el principio, me encantaba la vida de barrio, me encantaba Lavapiés... Pero todo empezó a cambiar a la hora de ir a comprar o de tener que ir a trabajar en metro – sobre todo cuando tenía que ir cargada todo el día con el violonchelo de un lado para otro en metro y en horas puntas – . Recuerdo algún día en fiestas en Malasaña o en la Paloma: qué maldito agobio. Salir a comprar me costaba horas de concentración, hacer la cola para pagar me ponía muy tensa, me recorría el cuerpo una culebra que me cortaba la respiración y me inducía al baño de sudor frío.


Vuelvo al presente, de aquello conseguí salir, con mi esfuerzo y buena terapia, volví a salir a la calle sin esfuerzo, sin pensármelo mucho ni tardar horas en concentrarme para ello. Aunque confieso que hay veces que esto me sucede alguna vez, como un pequeño ramalazo, en el que pienso: joder, es que no quiero ver personas, es que ahora mismo salir al campo a pasear se me hace un mundo inmenso, uffff, qué pereza tener que ir a comprar y tener que hablar, con lo que me gusta este silencio. Pero ya no es lo mismo, disfruto del aire, de fuera, de hablar con amigos, riego algunas plantas, podo cuando me acuerdo, recojo flores, las huelo y me paro a pensar que añoro esos años veinte (los míos) en los que la vida iba a otro ritmo y con otra intensidad. ¿En qué momento dejamos de disfrutar de las pequeñas cosas para atorarnos tanto con una vida que no nos define como personas a algunos de nosotros?


Yo, ahora mismo (9:30 de la mañana), voy a coger un ratito la cámara y me voy a pasear. Quizás al volver saque una conclusión y le encuentre la magia a haberme encontrado con esa publicación sobre la agorafobia. Es bueno recordar de dónde vienes y enfocar hacia dónde vas. 


Ha pasado otro domingo, disfruté de aquel paseo, vi ciclistas por el camino. Al principio, a los primeros, les saludé. Al siguiente pelotón, me vi abordada y casi metida en la cuneta:


  • Qué, ¿mucha variedad que fotografiar?

  • Bueno...


“Pero si no ha contestado...” le oigo decir a lo lejos. “Será gañán el tío” me paro a pensar. Ya le dirán los machotes que van delante de él que sí saludo y hasta sonrío.


He visto otro domingo pasar viendo Stranger Things 4. Y hablo desde un lunes triste y apático, con sensación de enjaulada, de gritar en una cámara anecoica donde nadie puede oírme. Intuyo de mí que estoy cansada de tener que explicar que hay días en los que no puedo más con todo, que me cuesta tirar de un carro que he ido vaciando y aún así pesa muchísimo. Me he puesto una playlist de Amaral por ver si una parte de mi adolescencia quiere recuperar ese afán por seguir luchando aunque me sienta agotada. Llevo dos semanas exactas sin hacer deporte, sólo paseo de vez en cuando. Hace una semana hablabas de una agorafobia vencida y lo único que eres capaz de hacer sin pensar mucho es ir a comprar a la tienda, pero nada de pensar en un largo paseo sin rumbo, de nuevo el cielo te aplasta.


Ahora ponte esta.


Has visitado tantas veces la cama que ya no sabes si dormir es un trabajo remunerado, siempre pasa algo, siempre hay “alguien” capaz de consumir tu energía y buena vibración para hacerte mimetizar con el fango. Hoy he tirado mi lunes por la borda y he comprado una lata de cerveza a las 19:30, hace tanto que no bebo alcohol que con media lata ya tengo resaca. Las penas flotan, por mucho que intentes ahogarlas en alcohol. Tampoco se ahogan en el humo del tabaco. Supongo que hay una diferencia muy grande en quien usa las drogas constantemente para huir de su triste realidad y quien sólo se da un pequeño respiro, analizarse a uno mismo durante un año y trabajar con las emociones también resulta terriblemente agotador. Desde que estoy triste duermo mejor; ya que todo hay que estigmatizarlo, llámalo como quieras, pero no vas a saber por qué. 


Dicen que de las peores crisis existenciales o la tristeza sale el arte más preciado y agónico. Esa no es mi percepción, quizás se me haya pasado el arroz, pero cuando estoy abatida por completo no tengo ganas de hacer música, ni de grabar, ni de escribir, ni de pintar, ni de hacer fotos. Y cuando digo escribir no me refiero a un pensamiento dominguero, sino a una escritura creativa: a hacer poesía, a escribir canciones, a hacer que mi pulso inerte fluya por canciones que aún no están escritas. Tal vez mis “Ortigas” están completas y se han quemado en el horno por pensar que aún me quedaba algo más que meter en él. Tal vez lo tercero se convierta en lo primero. Y lo primero en lo tercero. Y lo cuarto en lo segundo y lo segundo en lo cuarto. No estoy haciendo “spoiler” porque tardo tanto en matar un proyecto que la prisa ahoga.


Revisar escritos, revisar poemas... no es algo que me produzca pereza, sino miedo. A veces da miedo leer las heridas que no quieres mirar, ya te has cargado los cimientos. Has limpiado el suelo de malas hierbas y prefieres levantar tu casa sola, dicen que mejor sola que mal acompañada. ¿Sabes qué borracheras echo de menos? Aquellas que tuve con aquella amiga a la que escribí una canción en 5 minutos de cabreo por decepción y que se convirtió en todo un hit de bar “¡Toca la de puta desagradecida!” que se llamó Pescado sin pescador. (Aún me gustaría pedirle perdón una y mil veces). No todas las canciones que escribes te representan para siempre, los cabreos no duran para siempre, los amigos fallan, las personas se equivocan, spoiler: yo me equivoco la primera. Me gusta recordar aquellas noches tan intensas en las que Patti Smith casi siempre salía en la conversación, será que puta desagradecida fui yo, porque me regaló conocer una parte de la cultura que a día de hoy aún me acompaña. Tengo otra canción para ella, nunca conseguí escribir la letra, probablemente haya personas que sepan qué canción es, pero lo voy a dejar aquí.


Me gusta mirar atrás y ver la dicotomía entre lo bueno y lo malo, aquellas cosas buenas que teníamos y aquellas cosas malas que hemos desaprendido y ya no queremos ser. Me gusta mirar desde la montaña con la mano por visera hacia donde estaba y hacia donde voy. Pobreta, te has creído que estabas en el fango y en realidad solo estás pisando el suelo mojado del riachuelo que hay en el sendero. El fango está ahí abajo en el valle, ¿lo ves desde aquí?


Va a ser que ponerse a escuchar Amaral funciona. 

Me he acabado la lata de cerveza.

Y he acabado este post.

Y ya sin leer, disfruta de esta.


domingo, 13 de febrero de 2022

22. Los besos no deseados. “Con el tiempo aprendes que alargar finales es posponer principios”.

 




Esta entrada fue escrita en 12/21  Escucha esta canción mientras lees.

Llevo un buen rato sin saber cómo ponerme a escribir.

Tengo resaca emocional, ganar un amigo que te cuida como un hermano mayor y recibir un primer beso no deseado. 



Asco. Ganas de llegar a casa, lavarte la boca con jabón. Te sientes sucia, como si hubieras cometido un pecado del que redimirte a ti misma, te culpas por dejar que sucediera y también porque tus “no” no funcionaban hasta que te diste media vuelta y dijiste “no puedo”. Girar la cabeza constantemente tampoco servía para nada. Te da asco el simple hecho de decir que no varias veces y que sigan insistiendo, insistiendo, insistiendo, hasta el cuello. No es tan fácil, te resulta tan suave que al principio te quedas ahí, y de repente tu cerebro hace click y te das cuenta: no quiero esto. No te vale que un beso sea dulce, no te vale nada, no te vale cualquiera y en estos tiempos que acompañan uno ha aprendido a no ir haciendo el gilipollas. 



Escucho Rufus T. Firefly en aleatorio en YouTube. Los anuncios me bajan a tierra. Empieza Tsukaromi y mi fantasma se sienta en la silla, mira directamente a la pantalla y comienza a intentar comunicarse de nuevo. Sinceramente, nunca sabría explicar lo que sentí o lo que sucedió. Puede que mis recuerdos estén borrosos, puede que siga sin comprender qué sucedió realmente, qué click hice en un momento. Qué claridad obtuve al reafirmar mi no y caminar y dejar atrás. Dejar atrás un ego grande con ganas de comerme, no aceptar un no significa dejar de anteponer la educación y la empatía en pos del egoísmo y una decisión unilateral. Y que dos no se besan si uno no quiere. Que una persona puede contestar un beso confundida y rectificar, que tienes derecho a decir que no y a que respeten tu espacio. 



Esto me hace recordar que en cada lugar el peligro está ahí. Estando en el campo, por una carretera hacia un pinar, paró un coche a mi altura. No sé qué iba a decir, me vio con el móvil en la mano e hizo un gesto con la mano y se marchó. No pasó nada, pero el miedo o susto, te lo llevas igual. 



Aquí la gente educada pregunta cómo quieres saludar, cómo te sientes cómoda, si prefieres dos besos, abrazo, codo, o nada. La que no lo es se mueve por impulso, veo clara la dicotomía en la ciudad.



Este domingo de escritura automática me lleva a pensar que simplemente soy un pato y siempre acabo dentro de una emboscada emocional. El día se levanta y yo me vuelvo a acostar aturdida, como si el golpe de la mañana me hubiera pegado en el estómago. Algo distinto fluye en mí, antes pensaba que le tenía mucha fobia a la gente, que sencillamente las personas en multitud me aturdían. Aún lo sigue haciendo, lucho, respirando despacio, contra esa sensación de bloqueo y pérdida de la respiración. Es curioso, cuando estoy sola en una casa en el campo esa soledad es mi amiga y compañera, sé dónde encuentro un equilibrio tan instintivo como necesario. En cambio, cuando estoy sola en la ciudad y camino por la calle rodeada de personas, esa soledad pesa, metafóricamente hablando; visualmente puedes verte desde lo alto, como si fueras un dron. Puedes ver esa secuencia en una película, tú en mitad de un montón de gente como tú. Con sus sonrisas, en sus miradas, gesticulando aquello que descifras bajo una mascarilla. Ves que la gente está cercana. Hablas, incluso, con desconocidos, vas haciendo nuevos amigos, ves a los de siempre. Hablas, lo haces como cuando vas a una tienda en un pueblo. Hablas y eres natural, pero esa sobredosis de emociones al día siguiente tienen consecuencias. El ruido, el ruido aturde tanto que es difícil explicarlo sin parecer una hipérbole de domingo. 



Hoy me llega una misma frase por varias vías, tan cierta... “Con el tiempo aprendes que alargar finales es posponer principios”. 

40. La pantomima de la cuerda.

 La pantomima de la cuerda: Cuando no sabes si estás trepando o si tiras de ella hacia arriba con un peso atado. Si trepas, vas viendo mover...